Hoy se cumplen 52 años de
la muerte de John William Cooke, resulta risueño ver que su nombre y
apellido escritos en Ingles, estén ligados a la lucha por la
liberación.
Cooke fue un protagonista destacado de nuestra historia política por
varias razones. En primer lugar, porque en su llegada al peronismo, se
puede entrever la propia constitución del peronismo como confluencia de
fuerzas (recordemos que su padre Juan Isaac venía del radicalismo). En
segundo lugar, porque su protagonismo reaparece en momentos donde el
peronismo entra en una etapa de redefiniciones posterior al
derrocamiento de Perón en 1955.
Cooke, fue de esos pensadores “en caliente”, un protagonista de los
acontecimientos, capaz de elaborar también una fructífera producción
escrita (que atraviesa desde el análisis de la coyuntura política hasta
el revisionismo histórico).
Mucho se ha escrito sobre él, varía según el pelaje de quien empuña
la pluma. Se ha escrito sobre su relación con Perón, que luego de su
derrocamiento lo designa como su delegado personal. De su rol en la
resistencia peronista. Del distanciamiento con varios dirigentes de la
resistencia. De su distanciamiento con el propio Perón. De su
acercamiento a la experiencia de la Revolución Cubana y al Che Guevara.
De su reinterpretación del peronismo a la luz de sus propias
experiencias. Del trágico final de Alicia su compañera.
Hoy en un nuevo
aniversario de su muerte, se hace necesario pensar su legado a partir de
aquella reflexión, en donde sostenía que “Cuando culmine el
proceso revolucionario argentino, se iluminará el aporte de cada
episodio y ningún esfuerzo será en vano, ningún sacrificio estéril, y el
éxito final redimirá de todas las frustraciones.”. No es casual
elegir esta frase entre tantas. Hoy la coyuntura nos exige dejar de
lado los sectarismos, recordando al gran educar brasileño Paulo Freire
cuando sostenía la necesidad de unir a los diferentes para luchar
contra los antagónicos.


