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sábado, 13 de julio de 2019

Cultura | CÓMO FAVALORO RECORDABA A SAN MARTÍN

El reconocido cardiólogo René Favaloro escribió en 1984 un libro sobre la vida del Gral. San Martín, figura que admiraba profundamente.

¿Conoce usted a San Martín? de Editorial Sudamericana es una atractiva publicación en la que él médico resalta los valores del libertador.

En un nuevo aniversario de su nacimiento, compartimos algunos fragmentos del libro de Favaloro.

Preocupado desde siempre con todo lo que sucede en este, mi pobre y amado país, he creído que recordando la vida de San Martín podemos obtener algunas conclusiones que nos guíen en un momento muy especial, en el que todos buscamos desesperadamente –a través de un nuevo intento democrático- el camino seguro y firme que nos lleve a concretar, en justicia y libertad, una nueva sociedad que la evolución de la humanidad requiere.


El verdadero San Martín, con sus virtudes y defectos, nos puede ayudar. Veamos cuáles fueron sus principales mensajes:


Esfuerzo


Su vida fue, sin ninguna duda, la demostración más acabada de que todo, absolutamente todo aquello que queremos y pretendemos alcanzar y desarrollar, se consigue a través del esfuerzo.


En nuestro tiempo, y en especial al comienzo de la década del 60, el facilismo comienza a deteriorar a nuestra sociedad y, en particular, a la juventud de ese híbrido que conocemos como el mundo “occidental y cristiano”.


(…) Entendámonos bien, corresponde a los jóvenes, ahora y siempre, estar a la vanguardia de los movimientos que luchan por una sociedad más justa, pero el acto de vivir lleva implícito obligaciones, deberes y responsabilidades, además de derechos.


A este facilismo, acompañado de la evasión que se consigue todavía más rápidamente si le agregamos un poco de droga, la obscenidad y pornografía barata, como actos justificativos de una falsa liberación; San Martín le ofrece un camino mejor a través del esfuerzo honesto en aras de grandes ideales. En su caso en particular, estos son: la libertad y la independencia del absolutismo –representado por la España feudal de aquellos tiempos-, que le impone a América muchos sacrificios en tributos y en vidas humanas documentados en la carta de Jamaica, resumen del pensamiento de todos los que se unieron en esa tarea común.


Para San Martín el esfuerzo fue doble, no por la responsabilidad sino por el estado de su salud, en particular sus malestares gástricos que lo desangraron desde Tucumán hasta su regreso. Es preciso recordar que estuvo a punto de morir en Mendoza, donde encontró algo de reposo durmiendo sentado durante tres meses, que cruzó la cordillera por séptima vez en camilla a hombros de sus soldados y que, inclusive, no lo perdonan ni en el regreso, pues reaparecen en Santiago en casa de los O´Higgins. Claro que para el Libertador el sufrimiento era lo cotidiano, porque desde los trece años en Orán –donde tuvo su primera experiencia militar- el malestar físico fue su eterno acompañante.


Quede claro, entonces, que el primer mensaje es el esfuerzo que lleva implícito el sufrimiento y que tiene como premio el inmenso goce espiritual del deber cumplido.


Generosidad


Nos referiremos aquí solamente al aspecto civil, pues ya analizaremos el verdadero mensaje militar sanmartiniano. Desde que comenzó su actuación en tierra americana, es esa una característica definitoria de sus sentimientos para con la comunidad. Es ese el sentido que tiene el haber donado la mitad de su sueldo, al ser nombrado comandante de Granaderos a caballo, hecho que repite en Mendoza donde, finalmente, por no alcanzarle para vivir, pide sea reducido a un tercio. Tiene conciencia de las dificultades económicas por las que atraviesa el país y es por ello que se impone sacrificios. Su ejemplo es, a su vez, imitado por varios de sus subordinados.


La generosidad tiene como sustento su sentido de la solidaridad social, que se manifiesta también al ceder un tercio de los productos de la quinta Los Barriales: “obligados a hacer el bien de nuestros semejantes por la naturaleza y por la sociedad”, dice en nota al gobernador. Pero ese gesto lleva un destino determinado: “la dotación de una cátedra de matemática y geografía…” pues pretende que “la juventud forme las más fuertes columnas sostenedoras de la libertad y el decoro nacional…”


Cuatro años más tarde, desde el Perú, le escribe al cuidador de la chacra con los mismos sentimientos: auxilie usted a los pobres con granos y herramientas que pueda… Los Barriales tiene que ser el paraíso de Mendoza y el auxilio de todos los infelices…”


La misma determinación tomará con la finca donada por el gobierno de Chile “asignando la tercera parte de sus productos para el fomento del Hospital de Mujeres –en esa capital- y dotación de un vacunador que, recorriendo la provincia, la libre de los estragos de la viruela”.


Es también digno de recordar que, al otorgarle Chile –después de Chacabuco- un sueldo de seis mil pesos anuales, se resiste a recibirlo en dos oportunidades y lo comunica finalmente por escrito al comisario del Ejército para su estricto cumplimiento. Sabe muy bien que hay que utilizar hasta el último peso para la expedición a Lima.


Generosidad, solidaridad social, modestia.


Tres condiciones fundamentales, indispensables en la sociedad de nuestro tiempo, que todos deberíamos practicar a diario para contribuir a su mejor desarrollo.


Estoy convencido de que estos sentimientos existen en gran parte del pueblo, en especial a medida que nos alejamos de la Capital Federal. Estoy convencido también de que escasean en nuestra clase dirigente, y me refiero no solamente a los pocos que son representativos (líderes, por darles alguna denominación) de los diversos sectores que componen la banca, el comercio, la industria, los ganaderos, los profesionales, los profesores universitarios, etc., sino a esa mayoría silenciosa que conforma la clase media alta de nuestro país, en especial la que vive en las grandes ciudades.


Son miles de argentinos los que, junto a los pocos que quedan de la clase alta, producen el “ruido”, es decir, llenan las costas en el verano, no sólo las nuestras sino las vecinas de Punta del Este o las algo más distantes de Brasil. Son los que en invierno copan Bariloche o los lugares cordilleranos transformados en centros de esquí, los que compran miles de pasajes rebajados de los vuelos internacionales. Son los mismos que para tener status –compitiendo con los habitantes de los países centrales aunque vivan en un país pobre- transitan con el coche importado, mantienen la ostentosa casa de fin de semana, el yate de ser posible y se visten con ropa fina rotulada a la vista para que los demás se enteren del dinero gastado.


Los más adinerados invierten, de cuando en cuando, miles de dólares en cuadros de pintores famosos –que deberían estar en museos para goce de todos-, no porque los sepan apreciar sino para exhibirlos en sus casas o pisos lujosos a los amigos, que invitan a sus acostumbradas recepciones y que contribuyen a mantener la adulación sin la que les sería difícil vivir. Todavía quedan aquellos que tienen acceso al jet privado para viajar a descansar, de tanto en tanto, con preferencia a Punta del Este aunque más no sea por un fin de semana.

Estoy seguro de que los que me acompañan en la Fundación –por haber sido testigos de las innumerables gestiones en busca de apoyo para la investigación y la docencia- comparten mis convicciones de que los sentimientos de generosidad, solidaridad social y modestia hace rato dejaron de pertenecer a la mayoría de esa clase dirigente (en relación directa con su capacidad económica). Claro está que existen las excepciones muy honrosas, por cierto, que sirven para confirmar la regla.

Estoy convencido también, de que San Martín estaría de acuerdo –al compararla con aquellos que colaboraron en la preparación del Ejército de los Andes en Cuyo- en que los años han pasado en vano y que el individualismo egoísta ha infectado nuestra sociedad. Esto lleva a esa clase dirigente a defender sus propios intereses y a oponerse al devenir social que, de cualquier manera, llegará como consecuencia inevitable de la evolución del hombre.

La falsa y hueca clase dirigente, que no es exclusiva de nuestro país sino que es común a toda Latinoamérica, es la que pone el grito en el cielo cuando se quiere avanzar en el sentido correcto. ¿Qué es eso de querer gravar las tierras improductivas? ¿Qué es eso de que los beneficiarios de una universidad gratuita –lo que significa que la sociedad pagó sus estudios- sean obligados con un pequeño impuesto para sostener los centros de excelencia que el país reclama? ¿Qué es eso de querer gravar las casas de fin de semana? ¿Qué es eso de declarar la nominatividad de las acciones? ¿Qué es eso de terminar con el secreto bancario? “Todas medidas comunistas”, contestarán.

A esa clase dirigente le pido que vuelva a leer el resumen de los decretos de San Martín en Mendoza; ¡hasta los muertos debieron efectuar donativos! En este momento difícil que nos toca vivir, corresponde a la democracia realizar las medidas de cambio profundo para que la solidaridad social y la generosidad sean establecidas por leyes justas y soberanas, como lo fueron en Mendoza –en algunos casos por decretos compulsivos-, ya que esperar de la espontaneidad es esperar en vano.

Estas leyes existen desde hace años en otros  países y forman parte sustancial del desarrollo de los pueblos. Preguntémosles a los profesionales argentinos radicados en Estados Unidos, que suman centenares de miles, si pagan o no el altísimo impuesto a los réditos. ¡Vaya si lo pagan con porcentajes que serían calificados de extorsivos en nuestro país! Y son los mismos argentinos de carne y hueso.

Ya estoy oyendo las réplicas. De acuerdo; terminemos con la burocracia estatal. Pero no dejemos de leer y releer –perdóneseme la insistencia- los decretos de San Martín en Mendoza obligando a los argentinos a la solidaridad. No nos quejemos, después, si esas banderas son utilizadas por falsos líderes izquierdoides de nuestro país –quienes también se visten con camisas, corbatas y medias con rótulos- para contaminar a nuestros jóvenes y desviarlos de la libertad y la democracia.

Es evidente que la honestidad constituye otro legado importante de San Martín, en especial para aquellos que cumplen tareas de gobierno en un país como el nuestro que, a lo largo de su existencia, he hecho de lo opuesto –la deshonestidad- algo tan frecuente hasta ser considerado como típico o característico del proceder argentino, público o privado.

Desde que tengo uso de razón, pocos son los períodos en que los gobernantes han dado pruebas fehacientes de su honestidad. Los negociados conocidos y los que no trascienden han sido moneda corriente de tal manera que la gente se ha ido acostumbrando y hasta los aceptó como hechos normales. En algunos casos –existen ejemplos a montones para relatar- el pueblo, sin darse cuenta de semejante barbaridad, suele decir: “bueno, han robado pero han hecho obras, peor sería que, robando, no hubieran hecho nada!” Y el ejemplo cunde y se propaga en la comunidad donde la coima y el acomodo son lo habitual en los diversos niveles y grados. “¡Por algo hay que acomodarse!”

A mi entender, este constituye el hecho negativo más importante de nuestra decadencia como Nación. Todo se ha ido degenerando por la inmoralidad. Recuerdo que, pocos años después de haber regresado al país, participé en una reunión televisiva como único invitado y cuando se me preguntó a qué atribuía la decadencia argentina, contesté: “A una sola cosa: la falta de moral” y agregué: “existe desde la presidencia para abajo”. Esto causó estupor en los periodistas que me entrevistaban y uno de ellos, en el resumen final, habló de mi “ingenuidad”. Por ese entonces, ya con cincuenta y un años, como era lógico, me negué a aceptarlo pues había vivido lo suficiente para perder el candor de mi niñez.

Estoy convencido de que sin honestidad no hay proyecto posible para el futuro. Hará falta una larga tarea educativa que debe comenzar desde las funciones de gobierno. La inmoralidad y la deshonestidad mancomunadas representan el cáncer que destruye a los hombres y a las instituciones y sólo pueden ser derrotadas con el uso debido de las leyes en plena libertad. Está bien demostrado que a mayor autoritarismo mayor deshonestidad, pues sólo la libertad permite desenmascarar a los inmorales. Deberíamos tener presente diariamente ejemplos como los de San Martín, para que su vida recta, limpia y honesta sirva de modelo.

Pero es tan difícil demostrar la honestidad en medio de tanta inmundicia, que aquel que se decida a transitar por ese camino –por convicciones éticas que haya recibido de padres y maestros-, deberá saber, como gran paradoja, que la sociedad le exigirá dar examen todos los días, pues la maledicencia –hoy como ayer- todo lo enturbia.

Las últimas palabras de este libro (¿Conoce usted a San Martín?) están dirigidas al general Libertador. Entre otros conceptos, su autor, el doctor René Gerónimo Favaloro, expresa: “En este momento difícil que los argentinos estamos obligados a sobrellevar, convencido de que alguna vez la democracia podrá demostrar que los derechos civiles no bastan y que es necesario desarrollar los derechos sociales, económicos y políticos para todos y no para unos pocos privilegiados, el señor General Libertador nos dejó una posdata: “desde este instante el lujo y las comodidades deben avergonzarnos como un crimen de traición contra la patria y contra nosotros mismos” (Mendoza, 5 de junio de 1815).

Ojalá nos comprometamos todos unidos a marchar en procesión en busca de un caldén alto  y fuerte, allá, en medio de la pampa, para quemar nuestros pecados. ¡Como San Martín lo hizo con los pecadores de aquel entonces después de Maipo!, para emprender, sin pérdida de tiempo la auténtica reconstrucción. Febrero, 16 de 1986.

“Todos somos culpables, pero si hubiera que repartir responsabilidades las mayores caerían sobre las clases dirigentes. ¡Si resurgiera San Martín, caparía a lo paisano varias generaciones de mandantes!”. Recuerdos de un médico rural (página 157). René Favaloro, enero 26 de 1980.

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